María Cornu Labat.

Abogada – Master en Matriminio y Familia. Consultora Matrimonial. sernosotros.com

Una aproximación al tema. Contextualizando

Conflicto. Una palabra muy escuchada. Una expresión que nos transporta a portadas de diarios, primeras planas de noticieros, al colegio de los chicos, a las maestras, al gobierno, a los sindicatos, a las empresas, a los sectores de poder. A las familias. A los Matrimonios. A las parejas. Con mucho énfasis el conflicto nos copó. Nos enteramos por todos los medios de las separaciones, las desavenencias no resueltas, las infidelidades, los diálogos íntimos de “dos” que se nos presentan como modelos del presente.

El egoísmo vende.

En medio de la publicitación del conflicto, del convencimiento de que vende más que las buenas noticias, que las parejas que sobrellevan el día a día en búsqueda de verdadera felicidad, también reina el egoísmo como un rasgo que va tiñendo nuestro día a día con total naturalidad. Y, sin darle el significado que tiene o, mejor dicho, sin darle el nombre que tiene, por su connotación negativa, sin dudas, el contenido de su inmenso contexto es lo que a veces sin querer muchos están eligiendo transitar, dar a conocer, publicitar. Y es el egoísmo. El centrarse cada vez más en uno mismo. Es el no abrirse al otro. Por miedo a quedar expuesto muchas veces, por este clamor social artificialmente creado y creído de “no te des, no te entregues, no salgas de vos mismo”.

Y estoy convencida de que, en la pareja, en el matrimonio, el egoísmo es la principal raíz del conflicto, siendo un rasgo que reina en cada una de las etapas del deterioro de la relación. El egoísmo visto y entendido desde este punto de vista que estoy presentando. Sin afán de simplificar, sino todo lo contrario. Intentando profundizar, para poder compartir con ustedes una reflexión, y ayudarlos a intentar bucear en la vida interior de cada uno y en la vida de los dos a fin de que reconozcan en sus actitudes ese rasgo, y puedan trabajar el conflicto, y, si es que lo hay, a partir de la etapa de deterioro en la que se vean reflejados.

Antecedentes del deterioro. El amor de entrega como herramienta fundamental.

Parto de la base de que estoy frente a una pareja en la que sus miembros son bienintencionados, y sobre todo se quieren. Condición sine qua non para poder abordar esta instancia desde este ángulo. No importa en qué etapa de conflicto o deterioro se encuentren. Si han llegado a explorar ayuda para salir del mismo, en nombre del amor que los une, se puede.

El amor que se tienen es la herramienta más importante con la que cuentan para hacer frente al deterioro.

Y es importante tener presente que la presencia de ese amor de entrega tan especial como es el conyugal, no nos salva necesariamente de la irrupción del deterioro.

Entonces, vamos a hablar del deterioro y sus etapas.

Las etapas del proceso de deterioro la pareja.

Muchas veces en mi vida profesional me tocó ser testigo de situaciones de conflicto, devenidas en tales por el deterioro sufrido. A partir de esa experiencia, me detuve a analizar y explorar qué pasaba, qué llevaba a las parejas (o a una persona) a esta última instancia en el proceso de deterioro, que es buscar un abogado para la separación. Me interesé en intentar descubrir en qué momento del conflicto se encontraban, y si realmente habían explorado soluciones alternativas. Ya que, como sostengo fehacientemente, la separación, el divorcio, no son soluciones. Son finales, son conclusiones. A las que se llega muchas veces sin haber intentado salidas, con la ilusión de que éstas lo son. Si bien el ejercicio profesional me ponía frente a quienes me consultaban en un momento ya casi judicializado, o preparándose para judicializarlo, no pude ya escapar a mi tendencia a observar el comportamiento y la realidad de quienes se me acercaban.

Cuatro momentos.

Encontré y destaco cuatro grandes momentos en el proceso de deterioro de una pareja, que cada una tiene a su vez, diferentes estadíos.

El primer momento es cuando en el matrimonio pasamos a empezar a “dejar pasar”, por cansancio o empezamos a postergar, y así damos lugar a una cierta Pasividad.   

El segundo momento es de mayor efervescencia, y eminentemente activo. Se vive en un ambiente de belicosidad casi permanente. Todo es pelea e irritación. Aunque también esta segunda etapa podría estar de una profunda y agresiva indiferencia.

El tercer momento es el desgaste. Un tiempo de agotamiento, de cansancio, de hartazgo. Al que llegamos por las intensas y constantes discusiones, así como por la agresión que supone ignorar y serle indiferente al otro.

Y el cuarto momento es el de conflicto planteado como solución. El divorcio, la judicialización. Ya no se espera nada de la relación, ya se llegó a tener vidas separadas.

Primera etapa. La Pasividad. El dejar pasar.

Puede invadirnos cuando empezamos a dar las cosas por supuestas… El otro está, el otro me quiere, hay amor, y una gran tentación de dejarnos llevar y no alimentar la relación. Total, como está ahí, no se va, no pasa nada.

¿Cuándo corremos en una pareja el riesgo de que este mal nos asalte? En muchos momentos diferentes. Cuando un matrimonio es joven, el entusiasmo de cada uno por su actividad y crecimiento personal, la necesidad de ocuparse de los amigos, del trabajo, de los viajes, del desarrollo profesional, dando por sentado que el otro está en casa, está a nuestro lado cada noche en la cama.

Cuando los hijos irrumpen en nuestra vida, dándola vuelta por completo, y mientras son chiquitos, casi no nos permiten darnos cuenta de que hay algo más alrededor que ellos. Y así es fácil postergar al que tenemos al lado. Y es que el cansancio y la falta de energía son tan reales y palpables, que la tendencia más fuerte es la de postergar todo lo que se pueda.

Y más adelante, en el devenir de la relación, también nos podemos ver presas de la misma trampa. Cuando pasa la época de mucha actividad y demanda de los hijos, y decidimos que no tenemos interés en cuidar la relación con el otro. O cuando ya pasado el tiempo nos hemos volcado a nosotros mismos y vemos en el compañero de vida un extraño que no nos entusiasma.

Segunda etapa. Activamente belicosos. O agresivamente indiferentes.

No surge de repente y de la nada.

El primer momento se empieza a distinguir cuando el alejamiento se profundiza, cuando cada uno va afianzando sus propias y solitarias rutinas, costumbres, sin atender a las del otro, curiosamente, se empieza a registrar al otro. Porque en realidad el otro lo estorba. Sus rutinas molestan, sus costumbres propias, inconsultas, descolocan. Se empieza a mirar con ojo crítico todo lo que el otro hace y deja de hacer.

Y, así se pasa al que reconozco como siguiente momento. Es aquél en que de repente, en medio de este desgaste, se ha descubierto a un extraño que nos irrita mucho porque sus actos nos son ajenos. Se percibe que ya no necesitamos al otro. Y, de esa manera, como aparentemente todo lo que acontece en su mundo, es ajeno al mundo del otro, empieza a ser irritante.

Cada uno empieza minuciosamente a reconocer en el otro todos los rasgos que le molestan, que lo perturban, que le desagradan. Y se empiezan a archivar en los registros. Y así, se pasa al tercer momento de esta etapa. Ese momento en el que comienzan los reproches. Las echadas en cara.

Esto se convierte en un espiral de agresión, defendiéndose y contraatacando, quitando del medio la razonabilidad y el sentido común.

Esta misma etapa muchas veces está signada por la indiferencia. Que por supuesto, también destruye. Que es otro modo de agresión que no por ser más pasivo, deja de generar heridas muy profundas.

En esta etapa del desgaste y del deterioro, se insume y consume mucha energía en agredir o en ignorar. En recibir agresiones, en llorar por eso, en deprimirse, en intentar seguir haciendo lo que uno tiene que hacer a pesar de que gran parte de la capacidad esté puesta en lo que está sucediendo en la pareja.

Es inevitable que las horas del día de cada uno se vean invadidas por la desazón, la preocupación, la angustia y la bronca de lo que está pasando en casa. Porque no está pasando en casa solamente. Pasa en todo el “ser nosotros”.

Tercera etapa. Cansancio. Hastío.

El dolor, la activa pelea, el estar en guardia, a la defensiva, o a la ofensiva, o en actitud de proactiva indiferencia, produce indefectiblemente desgaste, agotamiento, cansancio. Hartazgo. Muy posiblemente algunas personas experimentan enfermedades físicas, como manifestación de lo que el alma desborda intentando sostener.

Aquí yo distingo otros dos momentos.

En un primer momento, el intenso cansancio. El solo hecho de pensar que uno tiene que regresar a su hogar, o esperar el inevitable regreso del otro, para levantar las armas, ponerse en guardia, es agotador. La pareja ya no quiere más peleas, más desgaste. Llegó el profundo hastío.

Las energías que veíamos que se ponían activamente en la “guerra” se consumieron. Ya cada uno procura no cruzarse con la otra persona porque no quiere pelear más. “Ya no quiero más”.

Y sea simultáneamente los dos, o sea uno solo de la pareja el que arribe a este momento, el siguiente llega como un bálsamo muchas veces. La separación que llega muchas veces, (y equivocadamente) como una solución. Una solución a toda esta sucesión de desgastes, deterioros y hartazgos.

Un momento de una soledad arrolladora. Pero contextualizándola en medio de estas etapas del deterioro de la pareja aparece como el alivio ansiado. Es el silencio esperado, es el descubrir que el regreso a casa ya no va a ser sinónimo de batalla campal.

Cuarta etapa. Divorcio.

El divorcio llega para coronar este proceso que no se frenó a tiempo. Y ambos se verán en la encrucijada de pararse frente a frente, dejando en manos de terceros ajenos a todo este proceso, la tarea de construir certezas, armar conjeturas, argumentos y evidencias para sacar el mayor provecho posible de una realidad en la que todos son perdedores.

Las soluciones.

Las soluciones están desde el momento en que identificamos en qué etapa nos encontramos. O qué tanto riesgo creemos que tenemos de llegar a alguna.

La solución estará cuando damos el paso. Y nos sinceramos. Y tenemos coraje. Y humildad. Sincerarse con uno mismo y el otro. Tener coraje para enfrentar ese momento crucial. Y humildad para saberse pequeño y frágil. Y responsable. Y en la necesidad de pedir ayuda. Y de nuevo, el coraje. Para animarse. A ser nosotros  otra vez.

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