Los espacios existenciales en el matrimonio

Escena de la vida conyugal.

 

9 de la noche. José va camino a casa después de un día especialmente agotador y largo de trabajo.

Mientras maneja y se va acercando, le van apareciendo imágenes del día que terminaba. .. La discusión temprano con el gerente de personal por la sanción desmedida aplicada a un empleado. La noticia de una cuenta importante que se caía. La situación del país que invariablemente se reflejaba en los balances de la empresa. Una carta documento con un reclamo absurdo…

Ni un minuto de paz…

“Sólo quiero llegar a casa. Sillón, cervecita, tele. Nada más. Ojalá esté todo muy tranquilo. No veo la hora de poner los pies en alto y relajarme.”

Estos pensamientos no habían contribuido para nada a calmarle el ánimo. Al contrario. Repasar lo ocurrido en el día había hecho que se sintiera cada vez más ahogado, más cargado. Ahora la necesidad de llegar a su hogar se había transformado en ansiedad absolutamante incontrolable… Qué cargado llegaba. …

 

Florencia miraba el reloj… “Ufa! Otra vez llegando a casa a cualquier hora… Y yo, todo el día metida acá atrás de los chicos… Los mocos de Sofi, la psicopedagoga de Juan, los anteojos rotos de Valen… Ni siquiera pude adelantar los informes para el miércoles… Mañana no voy a poder hacer otra cosa… Ojalá mamá me pueda ayudar con los chicos. Me altera tener que pedírselo… Encima José no está llegando nunca ni para hacerme el aguante a la hora de la comida y de acostar a los chicos.”

 

“¡Por fin en casa! “

 

Se escucha la llave girando en la cerradura.

 

“¡Ya era hora de que llegara!”

 

José entra a casa. En el hall tropieza con un camioncito de madera. A punto de caerse y logrando incorporarse gracias a mucha habilidad y buenos reflejos, pega un grito en el que parece desahogar toda su frustración. Se topa con la mirada de Florencia.

Una mirada que parecía reprocharle el malhumor y la llegada tarde.,,

 

“¿No te das cuenta que podés despertar a los chicos con ese grito? ¿No estaría mejor un hola, ¿qué tal tu día?, perdón por haber llegado tarde OTRA VEZ?”

 

“Ah, no! Encima del día que YO tuve tengo que estar escuchando reproches… Pero vos ¿tenés la más mínima idea de porqué estoy llegando tarde sistemáticamente? No, qué vas a tener idea no? Si no te importa ni un poquito lo que me pasa a mí, las dificultades en el trabajo, los días complicados… Sólo te preocupa si llego temprano así te ayudo con los baños y la comida de los chicos.”

 

El intercambio verbal entre ellos se va haciendo cada vez más fuerte y más cargado de la bronca que cada uno contenía….

 

“Ah, no. No te puedo creer que me salís con eso… VOS no tenés idea de lo que me pasa a mí, de lo que es mi día, de lo frustrante que es estar todo el día atrás de los mocos de uno, de la psicopedagoga de la otra, el pediatra, la tos…. y el trabajo!!!”.

 

Y, Florencia rompe en llanto…

 

“Qué iluso yo, que lo único que quería era llegar a casa a encontrar un poco de la paz que no tuve en todo el día…. “

 

“Ja, y por qué no traés algo de paz a casa? ¿Qué creés? ¿que la paz la fabrico? … “

 

“Tenés razón. ¿Sabés qué? Mejor me voy a un bar a tomarme la cervecita que soñaba tomarme acá, a ver si encuentro la paz que venía a buscar, y te doy tiempo para que vos encuentres la tuya… o te la traigo… Chau.”

 

Y se va. Dando un portazo. Florencia se queda desconsolada y se abandona en su almohada a buscar la ansiada paz del día…

 

 

Los pasos para la comprensión y el respeto.

 

El descubrimiento primero, el reconocimiento luego, más adelante la internalización, y por último el profundo respeto por los “espacios existenciales” de cada uno implica la puesta en marcha de un mecanismo que parece complejo. Pero una vez que se incorporan estos pasos logrando la comprensión del concepto, el efecto en la armonización de los vínculos, paradójicamente hace que la convivencia y la comunicación se vuelvan más simples, sincronizados. Como si los engranajes se aceitaran para que la fricción no los desgaste y termine arruinando.

¿Y qué es el espacio existencial de una persona? En la teoría del Padre Raimundo Roy, creador de los talleres LECI (los espacios en la comunicación interpersonal), el espacio interpersonal es la base de toda comunicación y vinculación sana. “Mucho amor no es igual a mucha comunicación”, nos dice el autor. Y a comunicarse y vincularse sanamente se puede aprender, ejercitar y lograrlo con una sana práctica. Cuando hay amor las bases están sentadas, y las condiciones dadas para que esta lección se aprenda con rapidez.

 

Los espacios existenciales. El respeto y la Paz.

 

Cuando hablamos del espacio existencial de cada persona nos referimos a todo lo que implica lo físico y corpóreo y el lugar que ocupan sus pertenencias. A todo esto le sumamos su mundo emocional, de creencias, de relaciones, gustos, preferencias, estado de ánimo, reacciones, humor, alegrías, tristezas. Sus raíces familiares y vínculos desarrollados. Las decisiones que a esa persona le competan en cuanto a su futuro, a su vocación, a qué va a estudiar, dónde, en qué momentos. En fin, absolutamente todo lo que pase por el universo de una persona, pertenece y está en su espacio.

Ahora bien. Una vez que uno comprende el alcance y la trascendencia del significado de los espacios, debe tomar una actitud.

 

Esa actitud frente al espacio existencial del otro es respeto. Desde el respeto y la tranquilidad de que lo que está en el espacio del otro no está en el propio uno puede actuar con más firmeza y especialmente con paz. Con esa ansiada paz que los seres que se aman buscan en esa relación de amor.

 

Confundir los espacios nos quita la Paz

 

Cuando confundimos los espacios de los demás con los propios, y sobre todo creemos que tenemos que intervenir en ellos, solucionando lo que les pasa, opinando, aconsejando, haciendo reaccionar, ocurren muchas cosas. Para poder plasmarlo sintéticamente, la consecuencia más evidente es que se pierde la paz. Estar pendientes de la vida de los demás, de lo que sucede en el espacio de otros, nos dispersa, no permite que nos centremos en lo que nos pasa en el espacio propio, en lo que en nuestro interior hay para trabajar, y por supuesto, para mejorar.

 

Simplemente no alcanza el tiempo, ni la energía, ni la concentración. Y para poder modificar el entorno, el clima, la convivencia, la clave es la comprensión de lo que ocurre en el espacio del otro. Y la toma de conciencia de lo que me pasa en el propio. Y desde ese lugar, modificar lo que está en mis manos modificar.

 

Comprender, respetar, cambiar el mundo.

 

Y así, comprendiendo, respetando, podré cambiar mi mundo. Para eso contamos con herramientas de comunicación que son absolutamente poderosas. El reconocimiento, que debo aprender a estar listo a practicarlo cuando quienes están a mi alrededor se esfuerzan por hacer las cosas bien. La escucha activa, que me voy a ver en la situación de usarla muchísimas veces, cuando quien está a mi lado simplemente necesita compartir su inquietud sin ser juzgado, sin requerir opinión, pero sí pide que se la escuche con el corazón, con los ojos, con los gestos, además de los oídos.

El mensaje – yo. Otra habilidad que nos libera, ayudándonos a hacernos cargo de lo que sentimos. La alegría, el malhumor, la tristeza, no me la provoca otra persona. Son sentimientos. Y como tales son propiedad de cada uno. El sentimiento es mío. Una vez que lo identifico, que lo descubro en mi espacio, puedo indagar qué hizo que allí llegara. Y es absolutamente lógico que pueda estar ahí por algo que desde el espacio propio, otra persona haya hecho. Pero el sentimiento es mío. No puede tener tanto poder otra persona sobre mí como para provocarlo. Y así como es mío, en mí está el poder de mantenerlo, modificarlo y trabajarlo. El mensaje – yo sirve para aprender a poner en primera persona lo que cada uno siente. “Yo me siento frustrada”, en lugar de “me desilusionás cancelándome la salida de esta noche”, por ejemplo… De esta manera me hago cargo de lo que siento. Y, lo que es más maravilloso, tengo el poder de transformarlo.

 

La “confrontación – yo”. Comunico al otro lo que siento y por qué.

 

Volviendo al ejemplo simple que acabo de apuntar. Si el dueño del sentimiento de frustración se queda con la desilusión que provocó otra persona porque le canceló una salida, convencida de que esa persona provocó ese sentimiento, será muy difícil correrse. En cambio, si entiende que el sentimiento de frustración es propio, más allá de la eventualidad de la cancelación de la salida, va a poder actuar sobre ese sentimiento. Sea superándolo, o sea comunicándole al otro poniendo en práctica otra herramienta de la comunicación, que es la Confrontación – yo. Yo le comunico a la otra persona que cuando esa persona actúa de determinada manera o dice tal cosa, u otra, YO me siento de determinada manera. No se acusa, no se habla en segunda persona. No dejo de hacerme cargo de lo que me ocurre. Pero, como el otro me interesa, convivo, lo quiero, quiero comunicarme de manera sana y constructiva. Volviendo al ejemplo. “Cuando vos cancelás la salida que teníamos planeada, YO me siento muy frustrada”. De esa manera, no acuso, no me enfrento. No creo la necesidad de que el otro se defienda. Doy lugar a la reconciliación, al pedido de disculpas, a la necesaria misericordia que debe existir en toda relación de amor.

 

Más herramientas. Diálogo matrimonial.

 

Otra herramienta poderosísima y necesaria, es el diálogo matrimonial, pautado, impuesto, y utilizado bajo determinadas reglas. Una vez por semana, en un lugar neutral en lo posible. Pautando que por algunos minutos hable uno, sin interrupción, en “mensaje-yo”, sin acusar, sin reprochar. Sólo exponiendo qué siente, cómo se siente. El otro escucha, y luego a su turno dice lo que le pasa.

 

Cómo encuentro y doy paz.

 

Regresando unas líneas atrás a la escena con la que abría el artículo. En esa escena de la vida conyugal cada uno busca en el espacio compartido la paz que no tiene en el suyo propio. Y le exige al otro que le dé la paz que no tiene. Y ahí vienen los reproches. Si Florencia hubiera entendido que el gesto de fastidio de José estaba en el espacio de José, que nada tenía que ver con ella, probablemente no hubiera escalado el conflicto. Y si José hubiera sabido ver que la frustración de un día de cansancio de Florencia estaba en su espacio, tampoco hubiera reprochado. Tal vez les faltó el diálogo matrimonial por varias semanas, así cada uno podía saber en qué estaba el otro. Y así comprender. Y ahí elegir que la única comunicación posible era un abrazo y un beso cálido en la mejilla. Y tal vez alcanzarle a José el control de la tele. Y José correrse a la derecha del sillón para que Florencia se acurrucara y desplomara su cansancio durmiéndose así. Nada más. Salir de la desazón de cada uno, para cumplir la misión que cada uno de los dos eligió: hacer feliz al otro.

 

La comprensión provoca en nosotros una reacción. Y ésta es que nos despojemos del egoísmo de esperar que el otro cambie, y estemos listos para salir de nosotros al encuentro verdadero del otro. Salgo de mí para abrazar al otro, escucharlo, comprenderlo. Y el otro sale de sí para abrazarme, escucharme, comprenderme….Imposible concebir una relación de pareja desde el egoísmo, desde la falta de comunicación. Imposible comunicarnos sin comprender. Imposible comprender verdaderamente sin desprendimiento. Un desprendimiento que nos lleva a la Paz.

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